jueves, 1 de marzo de 2012

Lobo.


Nadie sabe de soledades como el lobo,
nadie sabe de oscuridades como el lobo,
nadie sabe de sentir el inmeso frio invernal como el lobo,
nadie sabe el sentir el pecaminoso placer de devorar las presas como el lobo.

El que al caer la anoche aulla la luna,
quien la ama con fervor a pesar de la distancia,
esa luz pálida y fría que envuelve su pelaje,
y que ilumina el sendero bajo sus poderosas garras.

La soledad no es más que un pacto de su amor fiel por la hermosa luna distante,
una soledad que al parecer al lobo no le molesta,
cada noche se escucha su canto de amor triste y desgarrador de aullidos apasionantes,
apasionantes de fidelidad, amor y deseo.

No hay tormenta,
no hay invierno,
no hay oscuridad,
no hay bestia,
que haga rendir al lobo.

Presas que caen ante el deseo carnal del lobo,
no crean que lo satisfacen;
el siempre buscara más y más,
solo para saciar su hambre,
un hambre que no se puede calmar de por si
solo la inmensa y blanca luna lo podría lograr.

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